El hombre, de manera indirecta, degradando o eliminando los bosques de frondosas, o de forma directa, realizando plantaciones de pinos a costa de la primitiva cubierta vegetal, ha extendido en los últimos decenios sobre la Península Ibérica, la superficie ocupada por estas coníferas.

La tendencia actual en cuanto a repoblaciones forestales se refiere, debería ir encaminada a la introducción de binomios, es decir, a la combinación de especies del género Pinus y sus homólogos Quercus, dejando a un lado las masas monoespecíficas.

Cada especie del género Quercus tiene unos requerimientos ecológicos que la relacionan directamente con una o más especies de pinos mediterráneos, los que se constituyen en sus sustitutos naturales cuando las circunstancias se tornan desfavorables.

Frondosas y coníferas presentan, en general, estrategias ecológicas contrapuestas. Las primeras son especies evolutivamente más modernas, que necesitan crecer bajo un ambiente más o menos sombrío y que suelen formar bosques cerrados en los que se desarrolla un cortejo florífero de carácter umbrófilo; además, son relativamente exigentes en sus requerimientos, estando -salvo excepciones- poco adaptadas para crecer sobre suelos pobres. Por el contrario, las coníferas mediterráneas tienen un origen más antiguo y, en general, son amantes de la luz y del sol, por lo que dan lugar a formaciones abiertas. Son especies frugales, que toleran medios pobres en nutrientes y se adaptan bien a las arenas y sustratos ricos en metales pesados. La resistencia de muchas de ellas al frío o a la sequía hace que se puedan adaptar a los climas más extremos. Debido a su fácil manejo en vivero y su alta tasa de supervivencia tras la implantación, se han utilizado con éxito en repoblaciones sobre suelos pobres y descarnados.

En ciertos casos -como ocurre frecuentemente con los pinares- las coníferas actúan como etapas de sustitución, debido a su rápido crecimiento y su fuerte capacidad de diseminación, ocupando el lugar de bosques originales de frondosas que han sido degradados o eliminados. Sin embargo, en otras muchas ocasiones las coníferas representan el óptimo vegetal en determinadas zonas que no son aptas para el desarrollo de las frondosas, debido a condicionantes edáficos, orográficos o climátológicos. Así, lo cierto es que casi todas nuestras coníferas pueden representar el estado más evolucionado de la vegetación en ciertos paisajes ibéricos.

Cuando los segmentos ambientales a que están adaptados ambos grupos de masas arbóreas se superponen, en condiciones naturales se genera un proceso de competencia que tiende a resolverse a favor de las frondosas, mejor dotadas para ello, que acaban desplazando a las coníferas.