Los anillos de la Tierra
Todo parece indicar que la Tierra se convertirá en el quinto planeta del Sistema Solar en tener su propio anillo, si bien éste será de una naturaleza muy distinta y mucho más peligrosa que los que rodean a Júpiter, Urano, Neptuno y, sobre todo, a Saturno. A diferencia de los de estos planetas, el anillo orbital terrestre será totalmente artificial, formado por millones de diminutas partículas de chatarra procedentes de cohetes fallidos y satélites ya fuera de servicio.
Desde que los primeros ingenios espaciales comenzaron a orbitar sobre la Tierra, entró también en práctica nuestra nueva y más sofisticada modalidad de contaminación. La basura espacial, que ha este paso hará intransitable la órbita terrestre dentro de medio siglo. En la actualidad se estima que hay más de 9.000 objetos fabricados por el hombre vagando por el espacio. Todo comenzó en 1957, con el lanzamiento del Sputnik. Desde entonces se han puesto en órbita más de 5000 ingenios, los cuales, han dado lugar a más de 25.000 objetos catalogados, de los cuales aproximadamente un tercio todavía está en órbita alrededor de la Tierra (lo que supone unas 4.500 toneladas de metal sobre nuestras cabezas). Actualmente existen tres órbitas que almacenan basura: la órbita baja (LEO), la órbita cementerio (GTO), y la órbita geoestacionaria (GEO).

La geoestacionaria es la más preocupante, es donde se encuentran situados los satélites (a 36 Km. de la Tierra); se estima que hay en ella unos 3000 fragmentos de diferentes tamaños (de entre 15 cm. y 1 metro) y donde se pueden hallar objetos de lo más diverso, desde una simple botella, hasta material de reparación y montaje, pasando por restos de satélites dañados o accidentados.
El cohete Pegasus, por ejemplo, enviado al espacio en 1994, explotó dos años después y generó varios cientos de miles de fragmentos, incluso los más milimétricos son sumamente peligrosos; un astronauta que realizase un paseo espacial e impactase en su traje un diminuto fragmento de pintura, le causaría la muerte en el acto, ya que la mayoría de ellos viajan a varias docenas de miles de kilómetros por hora.
Un milimétrico fragmento viajando a miles de kilómetros por hora, y que impactase en el traje de un astronauta, le causaría la muerte en el acto.

Para ejemplo aún mas elocuente, en 1965 el astronauta Edward Hite, perdió un guante en el espacio de unos 30 cm. que se desintegró en la atmósfera un mes después, pero mientras tanto estuvo viajando a 28.000 Km. por hora; a esa velocidad, si una nave interceptase el guante en su camino quedaría destruida. Sin duda la prenda de vestir más peligrosa de la historia.
La mayor cantidad de basura espacial creada por la destrucción de una sola nava se debió a la etapa superior de un cohete Pegasus lanzado en 1994. Su explosión en 1996 creó una nube de unos 300.000 fragmentos de más de 4 mm, 700 de los cuales eran lo suficientemente grandes como para ser catalogados. Esta explosión, por si sola, duplicó el riesgo de colisión del Telescopio Espacial Hubble.
También las acciones voluntarias generaron basuras. La MIR rusa, como ejemplo de negligencia, lanzó al espacio cientos de residuos durante sus 10 años de vida. No es descabellado pensar que, metafóricamente, "el cielo puede caer sobre nuestras cabezas".
Aunque en general todos esos fragmentos y residuos que viajan sin rumbo, se desintegrarían si entrasen en nuestra atmósfera, existen antecedentes de la caída a la Tierra sin control de varios de ellos; al menos han sido detectados 60 casos, algunos muy llamativos, como las 20 toneladas de chatarras procedentes del Skylab, que se dispersaron por Australia y el Índico en 1979. Otro caso significativo ocurrió en 1997, cuando el cohete Delta se estrelló en una granja de Texas a solo 50 metros de sus habitantes.
No existen soluciones inmediatas, ni parece que las haya en un futuro cercano, a la acumulación progresiva de la basura orbital. Hoy en día, la única forma efectiva de que disminuya la población de objetos en órbita es el frenado por fricción con la atmósfera terrestre, que provoca que algunos fragmentos abandonen su órbita e inicien un movimiento de caída en espiral hacia la superficie de nuestro planeta.
Afortunadamente, la inmensa mayoría de los fragmentos de basura espacial que abandonan su órbita se calientan tanto por la fricción con la atmósfera que se evaporan completamente antes de llegar a la superficie. Sin embargo, solo queda observar y catalogar la basura existente, hasta que se cuente con tecnología adecuada para proceder a su destrucción sin riesgos ni costes dramáticos. El Instituto de Astrofísica de Canarias cuenta en el Observatorio del Teide con un telescopio dedicado a controlar la basura espacial. El Optical Ground Station ha sido financiado por la Agencia Espacial Europea.






operadoor dijo
Muy buen texto. Gracias por la información y humor fino
23 Enero 2006 | 10:29 PM